Escritos sobre Literatura

H.G. WELLS, PIONERO DE LA CIENCIA FICCIÓN


Herbert George Wells, escritor británico (1866-1946) es conocido sobretodo por sus novelas de ciencia ficción, entre las que figuran “La isla del Doctor Moreau”, “La Guerra de los Mundos”, “La Máquina del Tiempo” y “El Hombre Invisible” (todas llevadas al cine) y suele considerarse junto con Julio Verne como el precursor de dicho género.
Existen sin embargo grandes diferencias entre estos dos grandes escritores: mientras Verne es el padre de la ciencia ficción “dura”, donde priman las aventuras, los viajes a lugares exóticos y los artefactos futuristas, en Wells la fantasía tiende a ser sólo el escenario o la excusa para desarrollar dramas humanos y plantear cuestiones políticas y filosóficas muy de fondo. No extraña, entonces, que tras una primera etapa fantástica, que duró hasta los cuarenta años aproximadamente, Wells se inclinara decididamente por una literatura más realista y comprometida socialmente. En “Ana Verónica” (1909), se muestra partidario del reconocimiento de los derechos de la mujer, en una época en que el feminismo apenas nacía; en “Tono-Bungay” (1909), lanza “un ataque al capitalismo irresponsable”. Su obra también incluye ensayos críticos sobre ciencia, historia y los hechos de su propia época.
Quisiera, sin embargo, referirme a sus cuentos, a raíz de la lectura por estos días de una selección de los mismos. No son, en general, relatos típicos de ciencia ficción. Son más bien fantásticos, y con frecuencia están cargados de humor e ironía. Su estilo puede reencontrarse en Jorge Luis Borges y no cabe duda de que el escritor argentino se “inspiró” en ellos, no solo en cuanto a la temática, sino a la técnica narrativa. En ellos, el autor se sitúa casi siempre como un personaje marginal, que ha escuchado la historia y procura transcribirla con la mayor fidelidad y en la que poco o nada participa.
Sólo a modo de ejemplo, aquí está el argumento de “El país de los ciegos”: el relato se sitúa en un valle perdido de los andes. Allí, una comunidad queda aislada debido a un cataclismo que cierra la única vía de comunicación con el mundo exterior. En esta comunidad hace su aparición una extraña enfermedad que, tras varias generaciones, provoca la ceguera en todos los habitantes. Gracias a que el proceso ha sido largo y paulatino, los pobladores se adaptan a su condición de invidentes y adquieren costumbres y valores acordes con este hecho. En un momento dado, Núñez, un explorador perdido llega por accidente al lugar y al darse cuenta de la ceguera de la gente trata de convertirse en el soberano, confiado en su capacidad para ver. Pero los nativos no tardan en demostrarle que están perfectamente cómodos en su estado e incluso lo tratan como loco, por hablar de algo que para ellos no significa nada: la visión. Núñez se rebela y trata de acudir a la fuerza, pero es derrotado fácilmente gracias al formidable desarrollo de los demás sentidos que han experimentado los nativos. Así pues, Núñez (a quienes los ciegos llaman “Bogotá”, ya que éste menciona continuamente que proviene de allí), se ve reducido casi a la condición de esclavo, siendo obligado a desempeñar los trabajos más arduos. “Bogotá” termina por aceptar su situación y llega incluso a enamorarse de una de las muchachas del lugar. Ella finalmente lo acepta, pero todos se oponen a la unión, pues consideran que aún “Bogotá” está medio loco y es peligroso. Es entonces cuando… Pero no, prefiero que el lector descubra por sí mismo el inesperado final.



BORGES O EL ARTE DE IMAGINAR

Cuando uno lee por primera vez un texto de Jorge Luis Borges (Buenos Aires 1899-1986) es inevitable el deseo de leer muchos más. Ese, por lo menos, fue mi caso: me encontraba leyendo “El Retorno de los Brujos” (Louis Pauwels y Jacques Bergier), libro alucinante acerca del misterioso mundo que vivimos, cuando encontré reproducido íntegramente “El Aleph”, quizás el cuento más célebre de Borges. Hechizado por este fantástico relato, no tuve otro remedio que buscar otras obras suyas. Desde entonces, he leído muchas de ellas y cada vez que encuentro algo suyo me produce gran expectativa. Hasta ahora, no me siento defraudado.
En sus inicios, Borges se dedicó a la poesía, donde abordó líricamente la historia de la Argentina. Simultáneamente, se consagró al estudio de la literatura inglesa (cuyos autores favoritos eran Chesterton, Conrad, Stevenson, Kipling y de Quincey) y de la española a través de Quevedo y Cervantes; fruto de ello son sus famosos ensayos literarios.
Pero lo más destacado de Borges son sus cuentos, sin lugar a dudas. En ellos, vierte toda su imaginación y erudición para producir relatos fantásticos, poblados de símbolos, personajes y temas del mito y la leyenda, conformando así un mundo fascinante y muy personal. Ya se trate de narraciones ambientadas en la Argentina profunda, en Buenos Aires, en cualquier ciudad moderna o en lugares exóticos o en espacios indefinidos, puramente imaginarios, el asombro siempre está por ahí, al acecho.
Sorprende que Borges jamás haya escrito una novela y a pesar de ello se cuente entre los grandes literatos del siglo XX. En este sentido, es un maestro de la literatura breve; Borges no malgasta el tiempo; aunque se refiera a conceptos complejos y polémicos, su estilo es directo y equilibrado. Cada pieza es una obra maestra (una pequeña obra maestra, si se quiere), cincelada con el cuidado y sutileza de un orfebre virtuoso.
Dejo al lector una muestra de su ingenio:

THE UNENDING GIFT
Un pintor nos prometió un cuadro.
Ahora, en New England, sé que ha muerto. Sentí, como otras veces, la tristeza y la sorpresa de comprender que somos como un sueño. Pensé en el hombre y en el cuadro perdidos.
(Sólo los dioses pueden prometer porque son inmortales)
Pensé en un lugar prefijado que la tela no ocupará.
Pensé después: si estuviera ahí, sería con el tiempo esa cosa más, una cosa, una de las vanidades o hábitos de mi casa; ahora es ilimitada, incesante, capaz de cualquier forma y color y no atada a ninguno.
Existe de algún modo. Vivirá y crecerá como una música, y estará conmigo hasta el fin. Gracias Jorge Larco.
(También los hombres pueden prometer, porque en la promesa hay algo de inmortal).

Hasta aquí este breve comentario; sería descortés hacia su legado si me extendiera más.


SIMENON: EL LADO HUMANO DE LOS CRIMINALES

Los maestros del género policiaco nos tienen acostumbrados a tramas complejas, donde detectives de una extraordinaria inteligencia resuelven los casos a los que se enfrentan a través de agudísimas deducciones a partir de los detalles más pequeños. Suelen ser, por lo tanto, ejercicios intelectuales de gran sutileza, que desconciertan al lector para luego sorprenderlo con inesperados finales. Ejemplos típicos son las obras de Arthur Conan Doyle (creador de Sherlcok Holmes) y Agatha Christie.
Entre tanto para Georges Simenon (1903-1989), escritor de origen belga afincado en Francia, parece ser mucho más importante la dimensión psicológica de sus personajes. También él, como no, creó un gran detective: Maigret, comisario de la policía de París. Pero Maigret se nos presenta mucho más humano y comprensivo; no estamos frente a esa “soberbia capacidad intelectual” de la que hacen gala sus pares del género. Más que seguir una trama calculada meticulosamente, asistimos al drama que viven tanto víctimas como victimarios. El retrato que el autor hace de los personajes impresiona, porque impacta más la sensibilidad del lector que su inteligencia.
La gran virtud de Maigret es su intuición, que le permite asomarse a las profundidades del alma de los criminales para descubrir sus motivaciones. No se trata, pues, de un inspector duro (al estilo de los policías del cine norteamericano) ni de un investigador frío y racional, incapaces de conmoverse ante los hechos y las personas. No, Maigret vive y siente como cualquier ser humano e incluso con más intensidad que muchos; es un hombre ya viejo, casado con una mujer normal, sin excentricidades al estilo de Sherlock Holmes, ni el seductor encanto de James Bond.
Los criminales de Simenon tampoco tienen nada de extraordinario, aparte claro, de ser capaces de matar. Son, en cierta forma, víctimas ellos también de unas circunstancias que los empujan al crimen; no necesariamente porque “la sociedad” los haya obligado a ello, sino porque son individuos derrotados, hastiados y solitarios. Y el mundo moderno no perdona a los fracasados; quizás en el fondo, lo único que buscan los criminales de Maigret es ser aceptados o por lo menos obtener o preservar un lugar dentro del orden social, porque no se resignan a la marginación.
Simenon es uno de los escritores más leídos y prolíficos del siglo XX; escribió cerca de 500 novelas, muchas de las cuales han sido traducidas a 55 idiomas. De seguro, no todas son obras maestras, pero llama la atención que su fecundidad no choque con su calidad. El mismo García Márquez ha sido un gran lector de su obra y no ha ahorrado palabras elogiosas hacia él, de quien incluso reconoce alguna influencia.

Literatura

H.G. WELLS, PIONERO DE LA CIENCIA FICCIÓN


Herbert George Wells, escritor británico (1866-1946) es conocido sobretodo por sus novelas de ciencia ficción, entre las que figuran “La isla del Doctor Moreau”, “La Guerra de los Mundos”, “La Máquina del Tiempo” y “El Hombre Invisible” (todas llevadas al cine) y suele considerarse junto con Julio Verne como el precursor de dicho género.
Existen sin embargo grandes diferencias entre estos dos grandes escritores: mientras Verne es el padre de la ciencia ficción “dura”, donde priman las aventuras, los viajes a lugares exóticos y los artefactos futuristas, en Wells la fantasía tiende a ser sólo el escenario o la excusa para desarrollar dramas humanos y plantear cuestiones políticas y filosóficas muy de fondo. No extraña, entonces, que tras una primera etapa fantástica, que duró hasta los cuarenta años aproximadamente, Wells se inclinara decididamente por una literatura más realista y comprometida socialmente. En “Ana Verónica” (1909), se muestra partidario del reconocimiento de los derechos de la mujer, en una época en que el feminismo apenas nacía; en “Tono-Bungay” (1909), lanza “un ataque al capitalismo irresponsable”. Su obra también incluye ensayos críticos sobre ciencia, historia y los hechos de su propia época.
Quisiera, sin embargo, referirme a sus cuentos, a raíz de la lectura por estos días de una selección de los mismos. No son, en general, relatos típicos de ciencia ficción. Son más bien fantásticos, y con frecuencia están cargados de humor e ironía. Su estilo puede reencontrarse en Jorge Luis Borges y no cabe duda de que el escritor argentino se “inspiró” en ellos, no solo en cuanto a la temática, sino a la técnica narrativa. En ellos, el autor se sitúa casi siempre como un personaje marginal, que ha escuchado la historia y procura transcribirla con la mayor fidelidad y en la que poco o nada participa.
Sólo a modo de ejemplo, aquí está el argumento de “El país de los ciegos”: el relato se sitúa en un valle perdido de los andes. Allí, una comunidad queda aislada debido a un cataclismo que cierra la única vía de comunicación con el mundo exterior. En esta comunidad hace su aparición una extraña enfermedad que, tras varias generaciones, provoca la ceguera en todos los habitantes. Gracias a que el proceso ha sido largo y paulatino, los pobladores se adaptan a su condición de invidentes y adquieren costumbres y valores acordes con este hecho. En un momento dado, Núñez, un explorador perdido llega por accidente al lugar y al darse cuenta de la ceguera de la gente trata de convertirse en el soberano, confiado en su capacidad para ver. Pero los nativos no tardan en demostrarle que están perfectamente cómodos en su estado e incluso lo tratan como loco, por hablar de algo que para ellos no significa nada: la visión. Núñez se rebela y trata de acudir a la fuerza, pero es derrotado fácilmente gracias al formidable desarrollo de los demás sentidos que han experimentado los nativos. Así pues, Núñez (a quienes los ciegos llaman “Bogotá”, ya que éste menciona continuamente que proviene de allí), se ve reducido casi a la condición de esclavo, siendo obligado a desempeñar los trabajos más arduos. “Bogotá” termina por aceptar su situación y llega incluso a enamorarse de una de las muchachas del lugar. Ella finalmente lo acepta, pero todos se oponen a la unión, pues consideran que aún “Bogotá” está medio loco y es peligroso. Es entonces cuando… Pero no, prefiero que el lector descubra por sí mismo el inesperado final.



BORGES O EL ARTE DE IMAGINAR

Cuando uno lee por primera vez un texto de Jorge Luis Borges (Buenos Aires 1899-1986) es inevitable el deseo de leer muchos más. Ese, por lo menos, fue mi caso: me encontraba leyendo “El Retorno de los Brujos” (Louis Pauwels y Jacques Bergier), libro alucinante acerca del misterioso mundo que vivimos, cuando encontré reproducido íntegramente “El Aleph”, quizás el cuento más célebre de Borges. Hechizado por este fantástico relato, no tuve otro remedio que buscar otras obras suyas. Desde entonces, he leído muchas de ellas y cada vez que encuentro algo suyo me produce gran expectativa. Hasta ahora, no me siento defraudado.
En sus inicios, Borges se dedicó a la poesía, donde abordó líricamente la historia de la Argentina. Simultáneamente, se consagró al estudio de la literatura inglesa (cuyos autores favoritos eran Chesterton, Conrad, Stevenson, Kipling y de Quincey) y de la española a través de Quevedo y Cervantes; fruto de ello son sus famosos ensayos literarios.
Pero lo más destacado de Borges son sus cuentos, sin lugar a dudas. En ellos, vierte toda su imaginación y erudición para producir relatos fantásticos, poblados de símbolos, personajes y temas del mito y la leyenda, conformando así un mundo fascinante y muy personal. Ya se trate de narraciones ambientadas en la Argentina profunda, en Buenos Aires, en cualquier ciudad moderna o en lugares exóticos o en espacios indefinidos, puramente imaginarios, el asombro siempre está por ahí, al acecho.
Sorprende que Borges jamás haya escrito una novela y a pesar de ello se cuente entre los grandes literatos del siglo XX. En este sentido, es un maestro de la literatura breve; Borges no malgasta el tiempo; aunque se refiera a conceptos complejos y polémicos, su estilo es directo y equilibrado. Cada pieza es una obra maestra (una pequeña obra maestra, si se quiere), cincelada con el cuidado y sutileza de un orfebre virtuoso.
Dejo al lector una muestra de su ingenio:

THE UNENDING GIFT
Un pintor nos prometió un cuadro.
Ahora, en New England, sé que ha muerto. Sentí, como otras veces, la tristeza y la sorpresa de comprender que somos como un sueño. Pensé en el hombre y en el cuadro perdidos.
(Sólo los dioses pueden prometer porque son inmortales)
Pensé en un lugar prefijado que la tela no ocupará.
Pensé después: si estuviera ahí, sería con el tiempo esa cosa más, una cosa, una de las vanidades o hábitos de mi casa; ahora es ilimitada, incesante, capaz de cualquier forma y color y no atada a ninguno.
Existe de algún modo. Vivirá y crecerá como una música, y estará conmigo hasta el fin. Gracias Jorge Larco.
(También los hombres pueden prometer, porque en la promesa hay algo de inmortal).

Hasta aquí este breve comentario; sería descortés hacia su legado si me extendiera más.


SIMENON: EL LADO HUMANO DE LOS CRIMINALES

Los maestros del género policiaco nos tienen acostumbrados a tramas complejas, donde detectives de una extraordinaria inteligencia resuelven los casos a los que se enfrentan a través de agudísimas deducciones a partir de los detalles más pequeños. Suelen ser, por lo tanto, ejercicios intelectuales de gran sutileza, que desconciertan al lector para luego sorprenderlo con inesperados finales. Ejemplos típicos son las obras de Arthur Conan Doyle (creador de Sherlcok Holmes) y Agatha Christie.
Entre tanto para Georges Simenon (1903-1989), escritor de origen belga afincado en Francia, parece ser mucho más importante la dimensión psicológica de sus personajes. También él, como no, creó un gran detective: Maigret, comisario de la policía de París. Pero Maigret se nos presenta mucho más humano y comprensivo; no estamos frente a esa “soberbia capacidad intelectual” de la que hacen gala sus pares del género. Más que seguir una trama calculada meticulosamente, asistimos al drama que viven tanto víctimas como victimarios. El retrato que el autor hace de los personajes impresiona, porque impacta más la sensibilidad del lector que su inteligencia.
La gran virtud de Maigret es su intuición, que le permite asomarse a las profundidades del alma de los criminales para descubrir sus motivaciones. No se trata, pues, de un inspector duro (al estilo de los policías del cine norteamericano) ni de un investigador frío y racional, incapaces de conmoverse ante los hechos y las personas. No, Maigret vive y siente como cualquier ser humano e incluso con más intensidad que muchos; es un hombre ya viejo, casado con una mujer normal, sin excentricidades al estilo de Sherlock Holmes, ni el seductor encanto de James Bond.
Los criminales de Simenon tampoco tienen nada de extraordinario, aparte claro, de ser capaces de matar. Son, en cierta forma, víctimas ellos también de unas circunstancias que los empujan al crimen; no necesariamente porque “la sociedad” los haya obligado a ello, sino porque son individuos derrotados, hastiados y solitarios. Y el mundo moderno no perdona a los fracasados; quizás en el fondo, lo único que buscan los criminales de Maigret es ser aceptados o por lo menos obtener o preservar un lugar dentro del orden social, porque no se resignan a la marginación.
Simenon es uno de los escritores más leídos y prolíficos del siglo XX; escribió cerca de 500 novelas, muchas de las cuales han sido traducidas a 55 idiomas. De seguro, no todas son obras maestras, pero llama la atención que su fecundidad no choque con su calidad. El mismo García Márquez ha sido un gran lector de su obra y no ha ahorrado palabras elogiosas hacia él, de quien incluso reconoce alguna influencia.