ARTE

ACERCA DEL SIGNIFICADO

Las obras que tienen un significado muy obvio son de poco interés; de ahí que la pintura didáctica o moralista no suscite mucho entusiasmo entre los entendidos. Si una obra significa algo, creo que no debería ser tan evidente como para que se perciba con facilidad. Justamente, la riqueza de significados y la posibilidad de múltiples interpretaciones es lo que parece otorgar su carácter imperecedero a las obras maestras.

Por otro lado, pienso que tal significado no tiene por qué ser tan claro ni siquiera para el mismo artista; quizás el hecho de “querer decir algo” aunque uno no sepa exactamente qué, es lo que justifica el trabajo de un artista. A mi profesor de pintura le escuché alguna vez que “no es uno el que tiene que hablar acerca de la obra, sino que es la obra la que tiene que hablar de uno”.

Y si no es tan fácil para el mismo artista, ¿por qué habría de serlo para el espectador? Cuando alguien le pregunta al autor de una obra por el significado de esta, me da la sensación de que hay pereza por parte del interrogador; ¡debería tomarse el trabajo de averiguarlo por sí mismo!

Desde luego, no digo que la interpretación de la obra sea un problema exclusivo del público. Simplemente, pienso que debe existir algún tipo de cooperación: el artista propone algo, empleando los medios de los cuales dispone y el espectador trata de descifrar el mensaje. Pero como el artista mismo no está del todo seguro de lo que quiere decir, es posible que un observador inteligente y sensible descubra cosas que ¡ni el mismo artista habría sospechado!

Al fin y al cabo ¿qué importa si el público le atribuye a la obra significados diferentes a los que quiso darle su autor? Me parece que el error no es (solo) del público, sino del artista que fue incapaz de comunicarse. Y en todo caso, como dije antes, si una obra toma significados diversos, es como si de alguna manera tomara vida propia y escapara del control del artista; y está bien que así sea.

Si un artista no quiere correr el riesgo de ser “malinterpretado” es mejor que se dedique a la ciencia o la filosofía, cuyos escritos pretenden ser tan precisos que no dejen lugar a interpretaciones erróneas.

Todo esto, como habrá adivinado el lector avisado, sugiere que desconfío del “conceptualismo” en el arte. Durante todo el siglo XX se abusó tanto del componente conceptual del arte que incluso la obra misma en cuanto objeto material llegó a ser considerada como algo accesorio e incluso inútil en aras de una “supuesta profundidad”. De ahí el desprecio por la técnica y el empleo de materiales inadecuados, que en muchos casos han llevado a un deterioro inexorable de las obras. A muchos artistas pareció olvidárseles que una obra es ante todo un conjunto de sustancias físicas, que está sometido a la acción de los procesos naturales.

Por eso, presumo que esta disociación entre la idea y la ejecución ha llevado a muchos equívocos (cuando no al desastre). Llegó a perderse la unidad “dialéctica” entre forma y contenido para dar paso a un sinfín de especulaciones teorizantes a partir de esperpentos ridículos. Buen artista parece ser el que en un alarde de retórica puede disertar con arrogancia doctoral sobre sus obras, aunque estas no tengan sustento alguno, (o en su defecto, el que encuentra un crítico que le sirva de vocero).

Así que no me preocupo mucho porque mis obras signifiquen algo o no. De hecho, ¡algún significado tendrán! Pero no soy yo quien debe decirlo; por lo menos no con palabras, sino con imágenes. Si lo que intento transmitir pudiera ser traducido fielmente en palabras ¿para qué tomarse el trabajo de pintar un cuadro? ¿Por qué no decirlo directamente a través de un escrito o un discurso? Sé que esto puede acarrearme la acusación de ser superficial, pero parafraseando al maestro José Rodríguez Acevedo declaro que “soy pintor, no filósofo” (en realidad soy un poco filósofo, pues me gradué de filosofía y letras, pero cuando pinto trato de olvidarme de esto).

¿Cuál es entonces mi motivación para pintar? Yo diría que parto de pulsiones puramente emocionales; a pesar de mis obras podrían parecer frías y muy meditadas, lo cierto es que el tema surge de manera espontánea o quizás sea mejor decir, inconsciente. Trato, pues, de pintar la obra que responda a una necesidad emotiva o estética, sin pensar en una razón para ello (salvo cuando realizo trabajos por encargo o inicio una obra con la intención primaria de venderla, casos en los cuales procuro satisfacer el gusto del cliente). Ya en la ejecución busco poner en práctica todos mis conocimientos y habilidades para llevar a buen término la obra, lo cual implica un continuo aprendizaje y perfeccionamiento de los procedimientos y las técnicas, ya se refieran al dibujo, la aplicación de los pigmentos, la elección de los materiales, la composición, etc.

En resumen, creo firmemente que una obra de arte es más para sentirla que para entenderla.

LOS NIÑOS Y EL ARTE

Cuando pensamos en el título, cabe considerar dos puntos de vista: los niños como creadores y como público.

Con respecto al primero quisiera llamar la atención sobre un hecho ignorado, o por lo menos poco valorado: los niños realizan obras de verdadero valor estético. Esta observación no es simplemente fruto del orgullo de padres ante los trabajos de nuestros hijos; grandes artistas se han inspirado en la sensibilidad infantil para sus creaciones. Bastaría mencionar a Joan Miró, Paul Klee y hasta el mismo Picasso para confirmarlo. Y es que el arte infantil tiene entre otros méritos, el poder de la imaginación, de la autenticidad y de captar la esencia de las cosas, que los adultos solemos olvidar. Preocupados por la técnica, por lo conceptual e incluso por el mercadeo, los artistas profesionales corremos el riesgo de volvernos demasiado serios, de perder la noción del arte como juego y experimentación. Los niños entre tanto están descubriendo el mundo y se maravillan continuamente, y a través de sus obras no expresan tanto lo que “se ve realmente”, sino lo que entienden; su arte es más interpretación que representación.

Ahora bien, ¿qué pasa con ese enorme potencial de los niños cuando se hacen adultos? Desafortunadamente tiende a desaparecer, a atrofiarse y de ello son responsables casi absolutos los adultos. Tanto les imponen sus códigos valorativos, su estrecha visión del mundo, que terminan por castrarles la imaginación. Entonces, ya como adultos, esos niños creativos, curiosos y aventureros se convierten en un público perezoso y conformista, que no sólo desconfía del arte (sobre todo si no es estrictamente representativo), sino que lo considera con frecuencia un pasatiempo caro o un lujo, cuando no una pérdida de tiempo.

El artista verdadero, por su parte, sigue siendo un niño enfrascado en una permanente búsqueda, ávido de preguntas; de ahí que pueda establecerse un paralelo entre el niño y el artista. Se diría que son compinches y por lo tanto hablan el mismo lenguaje.

Otorguemos un gran favor a nuestros hijos: pongámoslos en contacto permanente con el arte, a través de exposiciones, conciertos, funciones teatrales, cine-arte, talleres sensoriales y buenas lecturas. Así quizás logremos, al menos en parte, defenderlos de los prejuicios y la frivolidad que imperan en la industria del entretenimiento. ¿Qué tal si empezamos por decorar con reproducciones de ARTE los salones y corredores de los colegios en vez de atiborrarlos con personajes del cómic y de la televisión?

LUIS ALBERTO ÁNGEL O LA BÚSQUEDA DE LA COMPLETUD

Decir que Luis Alberto Ángel es un gran dibujante es una afirmación tan obvia que no requiere argumentación alguna; basta ver sus obras para comprobarlo.

¿Qué podemos decir entonces, sin repetir de modo imperfecto lo que sus imágenes muestran de forma tan palmaria? Quizás sea sólo eso precisamente, que la fuerza de sus obras hace que sea trivial cualquier intento de análisis o de interpretación. A partir de este punto, lo que queda es pura especulación; la obra nos sugiere emociones y motivaciones sobre las que apenas podemos conjeturar.

¿A qué obedece, por ejemplo, la reiteración sobre el mismo tema? Y ante todo, ¿cuál es realmente el tema? Si nos atenemos a ciertas tradiciones que afirman la incompletud del ser humano, esto es a la separación en una mitad femenina y otra masculina que se buscan continuamente, la obra de Luis Alberto parece ilustrar (en el mejor de los sentidos) tal proceso. En efecto, cuando Luis Alberto dibuja, pinta o incluso recorta a sus mujeres, probablemente no haga otra cosa que buscarse a sí mismo, o más exactamente, buscar su otra mitad, su contraparte femenina. Esfuerzo vano, por demás, ya que se nos antoja imposible superar esa división que nos ha impuesto la naturaleza.

¿De qué hablamos entonces? Simple y llanamente, del amor. Pero no del amor al estilo de las tradiciones occidentales de trovadores y poetas, que parten de una dicotomía tajante entre el amor espiritual y el amor profano. Más bien, hablamos del amor que proponen filosofías orientales como el Tao, donde sexo y amor son básicamente la misma cosa. Si Luis Alberto dibuja desnudas a sus mujeres, a veces incluso en poses abiertamente provocativas (morbosas para algunos de pronto), no creo que estemos frente a un erotómano. Creo más bien que el artista sabe que en el fondo sólo la unión sexual nos acerca, al menos por unos segundos a la unidad, que logramos la fusión cuasi perfecta del masculino y femenino. El resto del tiempo ¡son tantas las cosas que nos separan, tantos los encuentros y los desencuentros!

Así que me atrevo a suponer que el trabajo artístico de Luis Alberto es una especie de prolongación, anticipación o sustitución de la unión sexual. Y este ejercicio mágico y lúdico le permite al artista incorporar todas sus ocurrencias, que por disparatadas y humorísticas que sean lo que revelan es la auténtica naturaleza del amor: paradoja y contradicción. La mujer, ser huidizo y fascinante, queda atrapada simbólicamente en las obras de Luis Alberto, como los artistas prehistóricos de Lascaux o Altamira anticipaban en sus trazos la caza del bisonte.

LA CIUDAD CON OTROS OJOS

Si algo distingue al artista de los demás es, por sobre todo, su capacidad para ver lo que otros no ven o, por lo menos, su habilidad para ver de otra manera. Las imágenes de Luis Alberto Ángel - hijo no tienen nada de extraordinario; y es justamente eso lo que las hace extraordinarias. Son imágenes de lo cotidiano, tomadas mientras va en el bus, mientras camina por la calle o cuando sale de rumba con los amigos. No son instantáneas largamente meditadas o preparadas; simplemente muestran la vida común y corriente de una metrópoli, con todas sus contradicciones, donde coexiste el más burdo utilitarismo con la poesía.

¿Quien no ha visto las imágenes que Luis Alberto nos muestra nuevamente? Pero, ¿Cuántos de nosotros las hemos “visto” realmente? Quizás necesitamos que alguien que ha sido capaz de mirar esas escenas con ojos de artista nos las presente para que empecemos a considerarlas. Y a reflexionar sobre ellas, sobre su significado y su trascendencia. Porque el agitado ritmo de la vida moderna parece habernos vacunado contra lo sencillo y lo elemental; acostumbrados a las emociones cada vez más fuertes del cine y la televisión, sólo lo novedoso, lo extravagante y lo truculento logran sacarnos de la monotonía de la rutina diaria.

Probablemente las fotografías de Luis Alberto, que se pasean con desfachatez entre lo anecdótico y lo poético, sean simplemente una oportunidad para replantearnos ciertas cosas que usualmente damos por sentadas. Para darnos cuenta, por ejemplo, de que en medio del drama del “rebusque” también hay belleza y no solo miseria y marginación; que un atardecer puede ser bello incluso en una ciudad polucionada y deshumanizada… o que hasta los objetos más comunes tienen algo que contarnos acerca del ser humano y de la forma en que se relaciona con su entorno y como lo altera… para bien o para mal.

Aunque la belleza que nos muestran las imágenes de Luis Alberto no siempre encaja en el concepto tradicional, sí podemos hablar de belleza a partir del estímulo intelectual que desencadenan, más allá de la simple sensación de agrado o repulsión. Por ello, debemos agradecerle a este joven fotógrafo por devolvernos aquellas cosas que se nos habían vuelto invisibles a fuerza de verlas todos los días.

AGUDELO GUNGARO

Los artistas se mueven entre dos tendencias fundamentales, que definen la historia del arte; estas pueden recibir diferentes nombres de acuerdo con el periodo histórico: clasicismo y arte helenístico en la antigüedad, renacimiento y barroco en los siglos XVI y XVII, neoclasicismo y romanticismo a comienzos del XIX, simbolismo (o impresionismo según se mire) y expresionismo a finales del mismo. Estas dos tendencias contrapuestas corresponden tanto a los principios que las rigen como al carácter de los artistas más representativos. Sin entrar en demasiados detalles historiográficos, podemos definir las primeras de estas como las que privilegian la razón, el trabajo detallado, la sujeción a ciertas normas y las segundas las que son todo pasión, expresividad, ruptura.

Si bien existen muchos matices entre estos extremos y sería en exceso simplista querer matricular a un artista en particular en alguna de ellas, estas categorías son útiles en cuanto a aproximación metodológica, para situar las propuestas de los creadores. Siguiendo esta línea de pensamiento, tendríamos que reconocer en la obra de Agudelo Gúngaro unos caracteres enmarcados dentro del romanticismo o el expresionismo. Y lo decimos por varias razones: en primer lugar porque Agudelo Gúngaro concentra sus esfuerzos en lograr obras de una gran intensidad emocional, dejando un poco de lado la minuciosidad y el acabado preciosista. Y en segundo lugar porque sus propuestas son decididamente experimentales. El artista no duda en aventurarse en terrenos poco explorados por el común de los artistas de la región.

En lo formal, sus cuadros y esculturas incluyen figuras estilizadas y en algunos casos deformadas. A Agudelo Gúngaro no le interesa mucho la fidelidad anatómica ni las proporciones; tampoco se preocupa demasiado por aplicar las normas tradicionales de la composición o el color. Ante todo, lo que busca es ofrecernos su visión del mundo de una manera descarnada; ya sean contornos fuertes, texturas o combinaciones de colores estridentes, los elementos de los cuales se vale adquieren una presencia propia, más allá de una intención representativa. Las distorsiones que emplea refuerzan la energía y crudeza de sus temáticas.

Sus obras se basan en problemas muy actuales: el más significativo, sin duda, es la violencia, con sus múltiples manifestaciones como el secuestro o el desplazamiento forzado… su sensibilidad de ser humano preocupado por la suerte de sus compatriotas corre pareja a su particular manera de enfrentar el hecho plástico; arte y vida confluyen de manera rotunda. Porque Agudelo Gúngaro es consciente de que ciertos hechos requieren un abordaje estético decidido y contundente.

Todo ello no le impide abordar también aspectos más amables de la vida, aunque siempre con un toque de poesía y fantasía. El proceso artístico de Agudelo Gungaro implica asomarse a una multitud de fenómenos vitales y artísticos, de los cuales obtiene la materia prima que transforma en obras atrevidas, buscando sin cesar enfoques novedosos e incluso irreverentes.