Escritos de Opinión

FILOSOFÍA Y VIDA COTIDIANA

Supongo que todos tenemos al menos una vaga idea de lo que significa la palabra filosofía; algunos incluso recordarán que la palabra tiene su origen en un término griego que significa literalmente “amor por la sabiduría”. Pero imagino también que para la mayoría no pasa de ser una especulación un tanto inútil, que no aporta gran cosa al hombre común y corriente. Existe, pues, una especie de división tajante entre las actividades prácticas (léase: aquellas que permiten obtener el sustento) y el reino del pensamiento puro. Un filósofo, deberá ser por lo tanto, un personaje muy estudiado, inteligente quizás, pero que no sabe nada acerca de la vida (la vida real, por supuesto) y, lo que es peor, de la forma de ganársela. Quizás los filósofos y los profesores de filosofía tengamos parte de la culpa de esta imagen negativa, pero…
Llega un momento en la vida de todo ser humano en que surgen preguntas, preguntas esenciales… ¿Por qué existe el mundo? ¿Quién soy? ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Cuál es la verdad? ¿Qué es lo correcto? Tales preguntas a veces tienen respuestas tan obvias que hasta el hecho de formularlas parece una tontería. Las religiones suelen aportar este tipo de respuestas y para muchos son suficientes. Algunos quizás no se sientan muy satisfechos, pero prefieren no añadir más problemas a su existencia; después de todo, ¡la vida ya es bastante complicada!
Pero, ¿qué pasa cuando tales respuestas entran en contradicción con la razón y hasta con el mismo sentido común? Surgen entonces nuevos interrogantes y no queda más remedio que afrontar el hecho de que, después de todo, debe ser el hombre quien busque sus propias respuestas y no se limite simplemente a “creer”. Mi padre solía repetir una frase muy sabia: “el hombre, cansado de creer decidió investigar”.
Así empezó la filosofía occidental hace ya unos 2.500 años en unas pequeñas islas del mar egeo, entre los jonios, uno de los pueblos que componían la civilización griega. A estos singulares hombre (Tales de Mileto, Anaximandro, Anaxímenes, entre otros) no les bastaba con las viejas explicaciones mitológicas. Creían en la razón y en la investigación y por eso fueron no sólo filósofos sino astrónomos, matemáticos, biólogos, médicos, ingenieros… La ciencia también hunde sus raíces en sus experimentos y geniales conjeturas.
Aún en la actualidad no está del todo superada la tradicional pugna entre ciencia y fe. Pero el hombre de la calle, el hombre común y corriente suele estar lejos de tales preocupaciones. Y sin embargo… la ciencia y la filosofía tienen mucho que decirnos; pero no para darnos respuestas fáciles y cómodas, sino para plantearnos desde una nueva perspectiva los problemas básicos de la existencia humana. Quizás la ciencia y la filosofía no puedan explicar por sí solas el sentido de la vida, tal vez ni siquiera basten para darnos consuelo; probablemente necesitamos aún de cierto misticismo, así sea en el sentido de un humanismo, de una relación más intensa y emotiva con los demás y con nosotros mismos. Pero es innegable que sin ciencia y filosofía caemos fácilmente en el fanatismo o en un escepticismo absoluto. Creerlo todo o no creer en nada; ese es el gran riesgo y el único antídoto es la sabiduría.



DE VERDADES Y FALSEDADES

Nuestra forma de actuar depende de la forma en que pensamos; inicialmente, quise escribir acerca del origen de nuestras ideas, pues me temo que la mayor parte de ellas no son realmente nuestras; muchos de nosotros simplemente repetimos lo que otros dicen y quizás ni siquiera nos hemos preguntado si es cierto. Pero creo que es preferible afrontar la cuestión fundamental, que a propósito es uno de los problemas básicos de la filosofía, es decir, la pregunta ¿qué es verdadero? O dicho de otro modo ¿cómo podemos estar seguros de que aquello que creemos es cierto?
Existen, desde luego, varias posibles respuestas, desde los que afirman que no es posible saber si algo es verdad o no (sofistas y escépticos en la antigüedad y agnósticos en los tiempos modernos) hasta los más dogmáticos, que creen ser poseedores de la verdad absoluta, sea cual sea la forma en que creen haberla encontrado. Dado que no es mi intención aburrir al lector con un recorrido por la historia de la filosofía, sólo quisiera anotar algunas observaciones de tipo personal.
Lo primero es que no hay nada tan escurridizo como la verdad. Y lo es porque no existe una sola verdad, sino muchas, y nada es del todo cierto. La verdad, podríamos decir, no es algo que uno se encuentra ni que le es revelado (cosa que suelen creer los miembros de cualquier fe religiosa). El problema con la verdad es que la realidad está en cambio continuo; lo que es verdad aquí y ahora puede no serlo en otro momento y contexto. Por eso, no creo en verdades eternas, sino hallazgos provisionales, válidos mientras los hechos no los contradigan. Pienso, por ejemplo, en el método de las ciencias: los científicos realmente honestos, saben que toda teoría es incompleta y que tarde o temprano surgirán hechos que obliguen a replantearla, así sea parcialmente. La física clásica de Newton fue conveniente hasta que empezaron a observarse fenómenos que no encajaban y se hizo necesaria una nueva visión; el gran mérito de Einstein es haber sido el primero en darse cuenta y hacer algo al respecto.
Así que es preciso admitir que no es la realidad la que debe cuadrar en nuestros supuestos (o prejuicios, como sería mejor llamarlos en algunos casos), sino que es nuestro pensamiento el que debe ajustarse a los nuevos hechos. No abogo por una actitud voluble; eso puede ser válido para políticos oportunistas y cargaladrillos, pero no es ético. El pensamiento debe ser flexible y adaptable, pero los principios sólo deben rectificarse cuando se convierten en obstáculos para la plena realización del ser humano. Los intereses políticos y económicos y aún el desarrollo científico deben quedar de lado cuando está en juego la dignidad de las personas.
Probablemente, lo único que pueda decirse justificadamente acerca de la verdad es que se construye laboriosamente y que, como un edificio, hay que tratar de asentarla sobre un terreno firme, echar unos cimientos sólidos y remodelarla cada vez que se deteriora. También, como sucede con los edificios mal construidos o excesivamente viejos, en ocasiones es mejor demoler y empezar desde nuevas bases, sin perjuicio de que se puedan reutilizar algunos materiales.
En todo caso, deberíamos estar alerta porque muchas “verdades” son sólo montajes para favorecer determinados intereses; si no, pregúntenle a George W. Bush.


UN ASUNTO DE CONCIENCIA

Hace unos días charlaba con una amiga, quien me reprochaba ser una especie de criticón. Mi respuesta fue que el ejercicio de la crítica es necesario en todos los aspectos de la vida. Preguntó entonces mi amiga, que quien me había dado el derecho de criticar; le contesté que no era necesario que alguien diera permiso, sino que uno se gana el derecho en la medida que sea capaz de hacer una interpretación acertada de los acontecimientos. Así pues, tiene derecho a criticar el que sabe de qué está hablando, el que conoce de un tema y dice lo que tiene que decirse. Por lo tanto, no cualquiera está autorizado para criticar, porque ¿qué importancia puede tener la opinión de alguien que carece de suficientes elementos de juicio? ¿O la de quien distorsiona los hechos para acomodarlos a sus propios intereses o los de su grupo?
El caso es que alguien tiene que ser capaz de gritar que “el rey va desnudo”, de decir la verdad, por incómoda que esta resulte. Lo que diferencia a los regímenes totalitarios de las democracias es la libertad de expresión, es decir, el derecho a disentir. De tal manera que quienes ejercen la crítica dentro de una sociedad se convierten en portavoces de la conciencia. Y sabemos perfectamente lo que ocurre cuando se desoye o se acalla la conciencia.
El problema es, más bien, que quien ejerce la crítica se ve expuesto a la censura y en el peor de los casos a la eliminación física (léase homicidio político); en Colombia y en el tercer mundo en general lo sabemos a las claras. Bastantes dictaduras y gobiernos autoritarios y violadores de los derechos humanos hemos tenido para ignorarlo.
El otro riesgo es más sutil, pero resulta igual de pernicioso: que la voz de quien disiente sea ahogada por las voces ruidosas de los mercenarios de la palabra (léase los medios masivos de comunicación); o dicho de manera más directa, que nadie le haga caso al que critica o denuncia. Ese parece ser el caso, por ejemplo, de algunos intelectuales norteamericanos como Noam Chomsky, quienes han venido revelando los oscuros intereses y reprobables métodos de su gobierno en su “cruzada contra el terrorismo”; lo demuestra el hecho de que a pesar del gigantesco fracaso de la invasión a Iraq y los numerosos escándalos que se han destapado, Bush aún tiene posibilidades de ser reelegido (¡!).
Pienso que la medida de la salud política de un país está estrechamente relacionada con el poder de la opinión. Cuando el pueblo está bien informado y ha llegado a un buen nivel de discernimiento, no se deja engañar fácilmente y castiga retirando su favor a los que han ejercido el poder de manera incorrecta.
Me refiero, por supuesto, al grado de madurez política de los electores y no a la tan cacareada “opinión pública”, que en el fondo no es más que la opinión de los dueños de los medios de comunicación. Por ello es tan preocupante la manipulación creciente que ejercen los medios sobre la sociedad. Me temo que cada vez más se cierran los espacios para el pensamiento independiente y ante la invasión de novelas, realities, farándula, fútbol y demás parodias es muy fácil hacerse una imagen totalmente distorsionada de la realidad.
Alienación, que llamamos los filósofos.

BUENOS Y MALOS HÁBITOS

A veces la sola observación puede dejarnos lecciones interesantes; a medida que envejezco –la juventud es una enfermedad que se cura con los años, dijo alguien– me convenzo más de que son nuestros hábitos los que terminan por configurar lo que somos.
Ante todo, y aunque parezca obvio, quisiera aclarar que me refiero con la palabra “hábito” a aquellas acciones y actitudes que a fuerza de repetirlas se convierten en una constante, en algo que nos define. Desde luego, los hábitos no son eternos; así como se adquieren, pueden abandonarse, pero de la misma manera que ciertas enfermedades, una vez se han incrustado profundamente en nuestra alma se hacen muy difíciles –casi imposibles– de alterar.
No quiero decir con esto que los hábitos de por sí sean malos; los hay buenos y malos. La adquisición de muchas habilidades se adquiere a través de la repetición: piensen, por ejemplo, en como aprendieron a manejar carro; al comienzo es bien complicado coordinar embrague, cambio y acelerador, pero al cabo de un tiempo se vuelve algo tan mecánico que lo hacemos inconscientemente. Lo mismo podría decirse de muchas otras actividades, algunas tan complejas como tocar un instrumento musical; a mí me parece casi mágica la forma como un guitarrista, por solo nombrar un intérprete, ejecuta con extraordinaria habilidad piezas de gran dificultad.
Tales hechos serían todo un misterio de no ser porque hoy tenemos algún conocimiento de cómo funciona el cerebro. Todo cambia y el cerebro no es la excepción: continuamente las neuronas están generando nuevas conexiones entre sí. Así que normalmente la estructura del cerebro se va alterando poco a poco, aunque quizás en algunas situaciones especiales sufre importantes cambios repentinos.
Pero ¿por qué se producen tales cambios? Si bien el trato –bueno o malo– que nos dan nuestros padres y semejantes en particular durante la niñez influye, sin duda, los hábitos juegan un papel importante. Cuando aprendemos a manejar un auto, por ejemplo, algunas neuronas se asocian para producir respuestas inmediatas, es decir, sin pensarlo. Muchas otras actividades cotidianas, por ser repetitivas, se graban en nuestra mente. Por ello solemos decir de los buenos equipos de fútbol que “juegan de memoria”. Lo más interesante es que nosotros mismos podemos programar y reprogramar nuestras mentes, ya sea solos –lo que no suele ser fácil, porque tenemos que empezar por reconocer nuestros errores y se requiere voluntad para corregirlos– o con ayuda de terapeutas o buenos amigos.
En todo caso, ello nos lleva a una conclusión inevitable: debemos cultivar los buenos hábitos. No obstante, como no me siento a gusto dando sermones, sólo quiero mencionar tres: escuchar buena música, es decir la que nos alimenta espiritualmente; leer, que nos ayuda a “expandir la conciencia”, al entrar en otros mundos y otras mentes; y reflexionar, a través de lo cual evaluamos los hechos y formamos una opinión propia, auténtica. Todo ello con una buena dosis de humor que nos relaja y permite tomar distancia, protegiéndonos del fanatismo –eso de trabajar, trabajar y trabajar dejémoslo para los burros.

ACERCA DEL JUEGO

El juego es una de las pocas actividades humanas que no requiere ningún tipo de aprendizaje, al menos en sus fases más primarias. Los niños no necesitan aprender a jugar porque se trata en principio de experimentar, de desarrollar ciertas potencialidades latentes, con las cuales se nace. El juego es también, en este sentido, apropiación de la realidad. Los animales, en particular los cazadores cuando son cachorros, lo usan para poner a punto sus habilidades; así que, no se trata de aprender a jugar, sino de aprender jugando, como preparación para la vida adulta.
Desde luego, el juego no se limita a la adquisición de unas habilidades para desempeñar un rol en la sociedad. Evidentemente, los juegos de antaño, rígidamente separados según el género (las niñas jugaban a las muñecas, como futuras madres y los niños jugaban a la guerra y a los carros, como machos en potencia), nos recuerdan esta preparación para la vida adulta (al menos para el tipo de vida que se espera para un determinado individuo). Pero el juego va mucho más a allá del aprendizaje para enfrentar el futuro. A través del juego, no sólo se obtiene placer, sino que se exorciza la realidad misma. Según la opinión más aceptada por los antropólogos y arqueólogos las pinturas rupestres donde se describe la caza del bisonte o del mamut (Altamira, Lascaux) tenían una función ritual en la que se daba caza al animal de forma “virtual”, como una anticipación, o si se quiere un buen augurio, de la caza real (por cierto bastante peligrosa por la fuerza de estos animales y las estampidas que se producían frecuentemente). Así que al hablar de juego, extrapolando estas conclusiones sobre el hombre primitivo, no sólo debemos atender a su aspecto práctico (en el sentido de aprendizaje a través de la simulación), sino al aspecto simbólico que nos permite aproximarnos a la realidad con menos temores.
¿Qué significado tiene entonces el juego para las personas adultas? Siguiendo la argumentación, podríamos considerar que el reencuentro con el juego implica un redescubrimiento de la dimensión infantil que vamos perdiendo con los años, en el mejor sentido, es decir, la capacidad de maravillarse, de hacer de cada evento de la vida un descubrimiento. De igual manera, y tan importante como lo anterior, el volver a jugar le permite al adulto ensayar una apropiación y una aproximación diferentes a la realidad. Entonces, el juego se presenta como un factor determinante a la hora de cambiar los paradigmas (en este caso más bien prejuicios) que le impiden al ser humano convertirse en un agente activo de transformación, más que un sujeto pasivo de las circunstancias que le rodean.
El despertar de la creatividad tiene que ir acompañado del juego, porque sólo con actitud desenfadada y “poco seria” se pueden derribar los obstáculos que impiden ser creativos (o mejor aún, descubrir la propia creatividad, enterrada bajo gruesas de capas de pesimismo y baja autoestima). La vida, para ser vivida plenamente, tiene que ser asumida creativamente como un reto (un juego susceptible de ser ganado o perdido), pero también como una experiencia enriquecedora en sí misma (pues todo juego, aunque implique ganar o perder, resulta mucho más interesante en su desarrollo que en sus eventuales resultados).
Jugar, entonces, no es perder, sino ganar tiempo; tiempo de calidad (quality time, como dicen los angloparlantes). Porque las demás actividades de la vida suelen tener fines prácticos (estudiar, trabajar, alimentarse) y sólo cuando una actividad adquiere un carácter no obligatorio, que se hace por el mero placer de hacerlo (y estas es una condición esencial del juego, porque de lo contrario deja de ser un juego, como ocurre con los deportes competitivos con demasiada frecuencia) adquiere verdadero sentido para una vida.

Opinión

UN ASUNTO DE CONCIENCIA

Hace unos días charlaba con una amiga, quien me reprochaba ser una especie de criticón. Mi respuesta fue que el ejercicio de la crítica es necesario en todos los aspectos de la vida. Preguntó entonces mi amiga, que quien me había dado el derecho de criticar; le contesté que no era necesario que alguien diera permiso, sino que uno se gana el derecho en la medida que sea capaz de hacer una interpretación acertada de los acontecimientos. Así pues, tiene derecho a criticar el que sabe de qué está hablando, el que conoce de un tema y dice lo que tiene que decirse. Por lo tanto, no cualquiera está autorizado para criticar, porque ¿qué importancia puede tener la opinión de alguien que carece de suficientes elementos de juicio? ¿O la de quien distorsiona los hechos para acomodarlos a sus propios intereses o los de su grupo?

El caso es que alguien tiene que ser capaz de gritar que “el rey va desnudo”, de decir la verdad, por incómoda que esta resulte. Lo que diferencia a los regímenes totalitarios de las democracias es la libertad de expresión, es decir, el derecho a disentir. De tal manera que quienes ejercen la crítica dentro de una sociedad se convierten en portavoces de la conciencia. Y sabemos perfectamente lo que ocurre cuando se desoye o se acalla la conciencia.

El problema es, más bien, que quien ejerce la crítica se ve expuesto a la censura y en el peor de los casos a la eliminación física (léase homicidio político); en Colombia y en el tercer mundo en general lo sabemos a las claras. Bastantes dictaduras y gobiernos autoritarios y violadores de los derechos humanos hemos tenido para ignorarlo.

El otro riesgo es más sutil, pero resulta igual de pernicioso: que la voz de quien disiente sea ahogada por las voces ruidosas de los mercenarios de la palabra (léase los medios masivos de comunicación); o dicho de manera más directa, que nadie le haga caso al que critica o denuncia. Ese parece ser el caso, por ejemplo, de algunos intelectuales norteamericanos como Noam Chomsky, quienes han venido revelando los oscuros intereses y reprobables métodos de su gobierno en su “cruzada contra el terrorismo”; lo demuestra el hecho de que a pesar del gigantesco fracaso de la invasión a Iraq y los numerosos escándalos que se han destapado, Bush haya resultado reelegido.

Pienso que la medida de la salud política de un país está estrechamente relacionada con el poder de la opinión. Cuando el pueblo está bien informado y ha llegado a un buen nivel de discernimiento, no se deja engañar fácilmente y castiga retirando su favor a los que han ejercido el poder de manera incorrecta.

Me refiero, por supuesto, al grado de madurez política de los electores y no a la tan cacareada “opinión pública”, que en el fondo no es más que la opinión de los dueños de los medios de comunicación. Por ello es tan preocupante la manipulación creciente que ejercen los medios sobre la sociedad. Me temo que cada vez más se cierran los espacios para el pensamiento independiente y ante la invasión de novelas, realities, farándula, fútbol y demás parodias es muy fácil hacerse una imagen totalmente distorsionada de la realidad.

Alienación, que llamamos los filósofos.

DE VERDADES Y FALSEDADES

Nuestra forma de actuar depende de la forma en que pensamos; inicialmente, quise escribir acerca del origen de nuestras ideas, pues me temo que la mayor parte de ellas no son realmente nuestras; muchos de nosotros simplemente repetimos lo que otros dicen y quizás ni siquiera nos hemos preguntado si es cierto. Pero creo que es preferible afrontar la cuestión fundamental, que a propósito es uno de los problemas básicos de la filosofía, es decir, la pregunta ¿qué es verdadero? O dicho de otro modo ¿cómo podemos estar seguros de que aquello que creemos es cierto?

Existen, desde luego, varias posibles respuestas, desde los que afirman que no es posible saber si algo es verdad o no (sofistas y escépticos en la antigüedad y agnósticos en los tiempos modernos) hasta los más dogmáticos, que creen ser poseedores de la verdad absoluta, sea cual sea la forma en que creen haberla encontrado. Dado que no es mi intención aburrir al lector con un recorrido por la historia de la filosofía, sólo quisiera anotar algunas observaciones de tipo personal.

Lo primero que debo decir es que no hay nada tan escurridizo como la verdad. Y lo es porque no existe una sola verdad, sino muchas, y nada es del todo cierto. La verdad, podríamos decir, no es algo que uno se encuentra ni que le es revelado (cosa que suelen creer los miembros de cualquier fe religiosa). El problema con la verdad es que la realidad está en cambio continuo; lo que es verdad aquí y ahora puede no serlo en otro momento y contexto. Por eso, no creo en verdades eternas, sino hallazgos provisionales, válidos mientras los hechos no los contradigan. Pienso, por ejemplo, en el método de las ciencias: los científicos realmente honestos, saben que toda teoría es incompleta y que tarde o temprano surgirán hechos que obliguen a replantearla, así sea parcialmente. La física clásica de Newton fue conveniente hasta que empezaron a observarse fenómenos que no encajaban y se hizo necesaria una nueva visión; el gran mérito de Einstein es haber sido el primero en darse cuenta y hacer algo al respecto.

Así que es preciso admitir que no es la realidad la que debe cuadrar en nuestros supuestos (o prejuicios, como sería mejor llamarlos en algunos casos), sino que es nuestro pensamiento el que debe ajustarse a los nuevos hechos. No abogo por una actitud voluble; eso puede ser válido para políticos oportunistas y cargaladrillos, pero no es ético. El pensamiento debe ser flexible y adaptable, pero los principios sólo deben rectificarse cuando se convierten en obstáculos para la plena realización del ser humano. Los intereses políticos y económicos y aún el desarrollo científico deben quedar de lado cuando está en juego la dignidad de las personas.

Probablemente, lo único que pueda decirse justificadamente acerca de la verdad es que se construye laboriosamente y que, como un edificio, hay que tratar de asentarla sobre un terreno firme, echar unos cimientos sólidos y remodelarla cada vez que se deteriora. También, como sucede con los edificios mal construidos o excesivamente viejos, en ocasiones es mejor demoler y empezar desde nuevas bases, sin perjuicio de que se puedan reutilizar algunos materiales.

En todo caso, deberíamos estar alerta porque muchas “verdades” son sólo montajes para favorecer determinados intereses; si no, pregúntenle a George W. Bush.

FILOSOFÍA Y VIDA COTIDIANA

Supongo que todos tenemos al menos una vaga idea de lo que significa la palabra filosofía; algunos incluso recordarán que la palabra tiene su origen en un término griego que significa literalmente “amor por la sabiduría”. Pero imagino también que para la mayoría no pasa de ser una especulación un tanto inútil, que no aporta gran cosa al hombre común y corriente. Existe, pues, una especie de división tajante entre las actividades prácticas (léase: aquellas que permiten obtener el sustento) y el reino del pensamiento puro. Un filósofo, deberá ser por lo tanto, un personaje muy estudiado, inteligente quizás, pero que no sabe nada acerca de la vida (la vida real, por supuesto) y, lo que es peor, de la forma de ganársela. Quizás los filósofos y los profesores de filosofía tengamos parte de la culpa de esta imagen negativa, pero…

Llega un momento en la vida de todo ser humano en que surgen preguntas, preguntas esenciales… ¿Por qué existe el mundo? ¿Quién soy? ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Cuál es la verdad? ¿Qué es lo correcto? Tales preguntas a veces tienen respuestas tan obvias que hasta el hecho de formularlas parece una tontería. Las religiones suelen aportar este tipo de respuestas y para muchos son suficientes. Algunos quizás no se sientan muy satisfechos, pero prefieren no añadir más problemas a su existencia; después de todo, ¡la vida ya es bastante complicada!

Pero, ¿qué pasa cuando tales respuestas entran en contradicción con la razón y hasta con el mismo sentido común? Surgen entonces nuevos interrogantes y no queda más remedio que afrontar el hecho de que, después de todo, debe ser el hombre quien busque sus propias respuestas y no se limite simplemente a “creer”. Mi padre solía repetir una frase muy sabia: “el hombre, cansado de creer decidió investigar”.

Así empezó la filosofía occidental hace ya unos 2.500 años en unas pequeñas islas del mar Egeo, entre los jonios, uno de los pueblos que componían la civilización griega. A estos singulares hombre (Tales de Mileto, Anaximandro, Anaxímenes, entre otros) no les bastaba con las viejas explicaciones mitológicas. Creían en la razón y en la investigación y por eso fueron no sólo filósofos sino astrónomos, matemáticos, biólogos, médicos, ingenieros… La ciencia también hunde sus raíces en sus experimentos y geniales conjeturas.

Aún en la actualidad no está del todo superada la tradicional pugna entre ciencia y fe. Pero el hombre de la calle, el hombre común y corriente suele estar lejos de tales preocupaciones. Y sin embargo… la ciencia y la filosofía tienen mucho que decirnos; pero no para darnos respuestas fáciles y cómodas, sino para plantearnos desde una perspectiva más profunda los problemas básicos de la existencia humana. Quizás la ciencia y la filosofía no puedan explicar por sí solas el sentido de la vida, tal vez ni siquiera basten para darnos consuelo; probablemente necesitamos aún de cierto misticismo, así sea en el sentido de un humanismo, de una relación más intensa y emotiva con los demás y con nosotros mismos. Pero es innegable que sin ciencia y filosofía caemos fácilmente en el fanatismo o en un escepticismo absoluto. Creerlo todo o no creer en nada; ese es el gran riesgo y el único antídoto es la sabiduría.