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Escritos sobre Literatura, Arte y de Opinión

Opinión

UN ASUNTO DE CONCIENCIA

Hace unos días charlaba con una amiga, quien me reprochaba ser una especie de criticón. Mi respuesta fue que el ejercicio de la crítica es necesario en todos los aspectos de la vida. Preguntó entonces mi amiga, que quien me había dado el derecho de criticar; le contesté que no era necesario que alguien diera permiso, sino que uno se gana el derecho en la medida que sea capaz de hacer una interpretación acertada de los acontecimientos. Así pues, tiene derecho a criticar el que sabe de qué está hablando, el que conoce de un tema y dice lo que tiene que decirse. Por lo tanto, no cualquiera está autorizado para criticar, porque ¿qué importancia puede tener la opinión de alguien que carece de suficientes elementos de juicio? ¿O la de quien distorsiona los hechos para acomodarlos a sus propios intereses o los de su grupo?

El caso es que alguien tiene que ser capaz de gritar que “el rey va desnudo”, de decir la verdad, por incómoda que esta resulte. Lo que diferencia a los regímenes totalitarios de las democracias es la libertad de expresión, es decir, el derecho a disentir. De tal manera que quienes ejercen la crítica dentro de una sociedad se convierten en portavoces de la conciencia. Y sabemos perfectamente lo que ocurre cuando se desoye o se acalla la conciencia.

El problema es, más bien, que quien ejerce la crítica se ve expuesto a la censura y en el peor de los casos a la eliminación física (léase homicidio político); en Colombia y en el tercer mundo en general lo sabemos a las claras. Bastantes dictaduras y gobiernos autoritarios y violadores de los derechos humanos hemos tenido para ignorarlo.

El otro riesgo es más sutil, pero resulta igual de pernicioso: que la voz de quien disiente sea ahogada por las voces ruidosas de los mercenarios de la palabra (léase los medios masivos de comunicación); o dicho de manera más directa, que nadie le haga caso al que critica o denuncia. Ese parece ser el caso, por ejemplo, de algunos intelectuales norteamericanos como Noam Chomsky, quienes han venido revelando los oscuros intereses y reprobables métodos de su gobierno en su “cruzada contra el terrorismo”; lo demuestra el hecho de que a pesar del gigantesco fracaso de la invasión a Iraq y los numerosos escándalos que se han destapado, Bush haya resultado reelegido.

Pienso que la medida de la salud política de un país está estrechamente relacionada con el poder de la opinión. Cuando el pueblo está bien informado y ha llegado a un buen nivel de discernimiento, no se deja engañar fácilmente y castiga retirando su favor a los que han ejercido el poder de manera incorrecta.

Me refiero, por supuesto, al grado de madurez política de los electores y no a la tan cacareada “opinión pública”, que en el fondo no es más que la opinión de los dueños de los medios de comunicación. Por ello es tan preocupante la manipulación creciente que ejercen los medios sobre la sociedad. Me temo que cada vez más se cierran los espacios para el pensamiento independiente y ante la invasión de novelas, realities, farándula, fútbol y demás parodias es muy fácil hacerse una imagen totalmente distorsionada de la realidad.

Alienación, que llamamos los filósofos.

DE VERDADES Y FALSEDADES

Nuestra forma de actuar depende de la forma en que pensamos; inicialmente, quise escribir acerca del origen de nuestras ideas, pues me temo que la mayor parte de ellas no son realmente nuestras; muchos de nosotros simplemente repetimos lo que otros dicen y quizás ni siquiera nos hemos preguntado si es cierto. Pero creo que es preferible afrontar la cuestión fundamental, que a propósito es uno de los problemas básicos de la filosofía, es decir, la pregunta ¿qué es verdadero? O dicho de otro modo ¿cómo podemos estar seguros de que aquello que creemos es cierto?

Existen, desde luego, varias posibles respuestas, desde los que afirman que no es posible saber si algo es verdad o no (sofistas y escépticos en la antigüedad y agnósticos en los tiempos modernos) hasta los más dogmáticos, que creen ser poseedores de la verdad absoluta, sea cual sea la forma en que creen haberla encontrado. Dado que no es mi intención aburrir al lector con un recorrido por la historia de la filosofía, sólo quisiera anotar algunas observaciones de tipo personal.

Lo primero que debo decir es que no hay nada tan escurridizo como la verdad. Y lo es porque no existe una sola verdad, sino muchas, y nada es del todo cierto. La verdad, podríamos decir, no es algo que uno se encuentra ni que le es revelado (cosa que suelen creer los miembros de cualquier fe religiosa). El problema con la verdad es que la realidad está en cambio continuo; lo que es verdad aquí y ahora puede no serlo en otro momento y contexto. Por eso, no creo en verdades eternas, sino hallazgos provisionales, válidos mientras los hechos no los contradigan. Pienso, por ejemplo, en el método de las ciencias: los científicos realmente honestos, saben que toda teoría es incompleta y que tarde o temprano surgirán hechos que obliguen a replantearla, así sea parcialmente. La física clásica de Newton fue conveniente hasta que empezaron a observarse fenómenos que no encajaban y se hizo necesaria una nueva visión; el gran mérito de Einstein es haber sido el primero en darse cuenta y hacer algo al respecto.

Así que es preciso admitir que no es la realidad la que debe cuadrar en nuestros supuestos (o prejuicios, como sería mejor llamarlos en algunos casos), sino que es nuestro pensamiento el que debe ajustarse a los nuevos hechos. No abogo por una actitud voluble; eso puede ser válido para políticos oportunistas y cargaladrillos, pero no es ético. El pensamiento debe ser flexible y adaptable, pero los principios sólo deben rectificarse cuando se convierten en obstáculos para la plena realización del ser humano. Los intereses políticos y económicos y aún el desarrollo científico deben quedar de lado cuando está en juego la dignidad de las personas.

Probablemente, lo único que pueda decirse justificadamente acerca de la verdad es que se construye laboriosamente y que, como un edificio, hay que tratar de asentarla sobre un terreno firme, echar unos cimientos sólidos y remodelarla cada vez que se deteriora. También, como sucede con los edificios mal construidos o excesivamente viejos, en ocasiones es mejor demoler y empezar desde nuevas bases, sin perjuicio de que se puedan reutilizar algunos materiales.

En todo caso, deberíamos estar alerta porque muchas “verdades” son sólo montajes para favorecer determinados intereses; si no, pregúntenle a George W. Bush.

FILOSOFÍA Y VIDA COTIDIANA

Supongo que todos tenemos al menos una vaga idea de lo que significa la palabra filosofía; algunos incluso recordarán que la palabra tiene su origen en un término griego que significa literalmente “amor por la sabiduría”. Pero imagino también que para la mayoría no pasa de ser una especulación un tanto inútil, que no aporta gran cosa al hombre común y corriente. Existe, pues, una especie de división tajante entre las actividades prácticas (léase: aquellas que permiten obtener el sustento) y el reino del pensamiento puro. Un filósofo, deberá ser por lo tanto, un personaje muy estudiado, inteligente quizás, pero que no sabe nada acerca de la vida (la vida real, por supuesto) y, lo que es peor, de la forma de ganársela. Quizás los filósofos y los profesores de filosofía tengamos parte de la culpa de esta imagen negativa, pero…

Llega un momento en la vida de todo ser humano en que surgen preguntas, preguntas esenciales… ¿Por qué existe el mundo? ¿Quién soy? ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Cuál es la verdad? ¿Qué es lo correcto? Tales preguntas a veces tienen respuestas tan obvias que hasta el hecho de formularlas parece una tontería. Las religiones suelen aportar este tipo de respuestas y para muchos son suficientes. Algunos quizás no se sientan muy satisfechos, pero prefieren no añadir más problemas a su existencia; después de todo, ¡la vida ya es bastante complicada!

Pero, ¿qué pasa cuando tales respuestas entran en contradicción con la razón y hasta con el mismo sentido común? Surgen entonces nuevos interrogantes y no queda más remedio que afrontar el hecho de que, después de todo, debe ser el hombre quien busque sus propias respuestas y no se limite simplemente a “creer”. Mi padre solía repetir una frase muy sabia: “el hombre, cansado de creer decidió investigar”.

Así empezó la filosofía occidental hace ya unos 2.500 años en unas pequeñas islas del mar Egeo, entre los jonios, uno de los pueblos que componían la civilización griega. A estos singulares hombre (Tales de Mileto, Anaximandro, Anaxímenes, entre otros) no les bastaba con las viejas explicaciones mitológicas. Creían en la razón y en la investigación y por eso fueron no sólo filósofos sino astrónomos, matemáticos, biólogos, médicos, ingenieros… La ciencia también hunde sus raíces en sus experimentos y geniales conjeturas.

Aún en la actualidad no está del todo superada la tradicional pugna entre ciencia y fe. Pero el hombre de la calle, el hombre común y corriente suele estar lejos de tales preocupaciones. Y sin embargo… la ciencia y la filosofía tienen mucho que decirnos; pero no para darnos respuestas fáciles y cómodas, sino para plantearnos desde una perspectiva más profunda los problemas básicos de la existencia humana. Quizás la ciencia y la filosofía no puedan explicar por sí solas el sentido de la vida, tal vez ni siquiera basten para darnos consuelo; probablemente necesitamos aún de cierto misticismo, así sea en el sentido de un humanismo, de una relación más intensa y emotiva con los demás y con nosotros mismos. Pero es innegable que sin ciencia y filosofía caemos fácilmente en el fanatismo o en un escepticismo absoluto. Creerlo todo o no creer en nada; ese es el gran riesgo y el único antídoto es la sabiduría.

Literatura

H.G. WELLS, PIONERO DE LA CIENCIA FICCIÓN


Herbert George Wells, escritor británico (1866-1946) es conocido sobretodo por sus novelas de ciencia ficción, entre las que figuran “La isla del Doctor Moreau”, “La Guerra de los Mundos”, “La Máquina del Tiempo” y “El Hombre Invisible” (todas llevadas al cine) y suele considerarse junto con Julio Verne como el precursor de dicho género.
Existen sin embargo grandes diferencias entre estos dos grandes escritores: mientras Verne es el padre de la ciencia ficción “dura”, donde priman las aventuras, los viajes a lugares exóticos y los artefactos futuristas, en Wells la fantasía tiende a ser sólo el escenario o la excusa para desarrollar dramas humanos y plantear cuestiones políticas y filosóficas muy de fondo. No extraña, entonces, que tras una primera etapa fantástica, que duró hasta los cuarenta años aproximadamente, Wells se inclinara decididamente por una literatura más realista y comprometida socialmente. En “Ana Verónica” (1909), se muestra partidario del reconocimiento de los derechos de la mujer, en una época en que el feminismo apenas nacía; en “Tono-Bungay” (1909), lanza “un ataque al capitalismo irresponsable”. Su obra también incluye ensayos críticos sobre ciencia, historia y los hechos de su propia época.
Quisiera, sin embargo, referirme a sus cuentos, a raíz de la lectura por estos días de una selección de los mismos. No son, en general, relatos típicos de ciencia ficción. Son más bien fantásticos, y con frecuencia están cargados de humor e ironía. Su estilo puede reencontrarse en Jorge Luis Borges y no cabe duda de que el escritor argentino se “inspiró” en ellos, no solo en cuanto a la temática, sino a la técnica narrativa. En ellos, el autor se sitúa casi siempre como un personaje marginal, que ha escuchado la historia y procura transcribirla con la mayor fidelidad y en la que poco o nada participa.
Sólo a modo de ejemplo, aquí está el argumento de “El país de los ciegos”: el relato se sitúa en un valle perdido de los andes. Allí, una comunidad queda aislada debido a un cataclismo que cierra la única vía de comunicación con el mundo exterior. En esta comunidad hace su aparición una extraña enfermedad que, tras varias generaciones, provoca la ceguera en todos los habitantes. Gracias a que el proceso ha sido largo y paulatino, los pobladores se adaptan a su condición de invidentes y adquieren costumbres y valores acordes con este hecho. En un momento dado, Núñez, un explorador perdido llega por accidente al lugar y al darse cuenta de la ceguera de la gente trata de convertirse en el soberano, confiado en su capacidad para ver. Pero los nativos no tardan en demostrarle que están perfectamente cómodos en su estado e incluso lo tratan como loco, por hablar de algo que para ellos no significa nada: la visión. Núñez se rebela y trata de acudir a la fuerza, pero es derrotado fácilmente gracias al formidable desarrollo de los demás sentidos que han experimentado los nativos. Así pues, Núñez (a quienes los ciegos llaman “Bogotá”, ya que éste menciona continuamente que proviene de allí), se ve reducido casi a la condición de esclavo, siendo obligado a desempeñar los trabajos más arduos. “Bogotá” termina por aceptar su situación y llega incluso a enamorarse de una de las muchachas del lugar. Ella finalmente lo acepta, pero todos se oponen a la unión, pues consideran que aún “Bogotá” está medio loco y es peligroso. Es entonces cuando… Pero no, prefiero que el lector descubra por sí mismo el inesperado final.



BORGES O EL ARTE DE IMAGINAR

Cuando uno lee por primera vez un texto de Jorge Luis Borges (Buenos Aires 1899-1986) es inevitable el deseo de leer muchos más. Ese, por lo menos, fue mi caso: me encontraba leyendo “El Retorno de los Brujos” (Louis Pauwels y Jacques Bergier), libro alucinante acerca del misterioso mundo que vivimos, cuando encontré reproducido íntegramente “El Aleph”, quizás el cuento más célebre de Borges. Hechizado por este fantástico relato, no tuve otro remedio que buscar otras obras suyas. Desde entonces, he leído muchas de ellas y cada vez que encuentro algo suyo me produce gran expectativa. Hasta ahora, no me siento defraudado.
En sus inicios, Borges se dedicó a la poesía, donde abordó líricamente la historia de la Argentina. Simultáneamente, se consagró al estudio de la literatura inglesa (cuyos autores favoritos eran Chesterton, Conrad, Stevenson, Kipling y de Quincey) y de la española a través de Quevedo y Cervantes; fruto de ello son sus famosos ensayos literarios.
Pero lo más destacado de Borges son sus cuentos, sin lugar a dudas. En ellos, vierte toda su imaginación y erudición para producir relatos fantásticos, poblados de símbolos, personajes y temas del mito y la leyenda, conformando así un mundo fascinante y muy personal. Ya se trate de narraciones ambientadas en la Argentina profunda, en Buenos Aires, en cualquier ciudad moderna o en lugares exóticos o en espacios indefinidos, puramente imaginarios, el asombro siempre está por ahí, al acecho.
Sorprende que Borges jamás haya escrito una novela y a pesar de ello se cuente entre los grandes literatos del siglo XX. En este sentido, es un maestro de la literatura breve; Borges no malgasta el tiempo; aunque se refiera a conceptos complejos y polémicos, su estilo es directo y equilibrado. Cada pieza es una obra maestra (una pequeña obra maestra, si se quiere), cincelada con el cuidado y sutileza de un orfebre virtuoso.
Dejo al lector una muestra de su ingenio:

THE UNENDING GIFT
Un pintor nos prometió un cuadro.
Ahora, en New England, sé que ha muerto. Sentí, como otras veces, la tristeza y la sorpresa de comprender que somos como un sueño. Pensé en el hombre y en el cuadro perdidos.
(Sólo los dioses pueden prometer porque son inmortales)
Pensé en un lugar prefijado que la tela no ocupará.
Pensé después: si estuviera ahí, sería con el tiempo esa cosa más, una cosa, una de las vanidades o hábitos de mi casa; ahora es ilimitada, incesante, capaz de cualquier forma y color y no atada a ninguno.
Existe de algún modo. Vivirá y crecerá como una música, y estará conmigo hasta el fin. Gracias Jorge Larco.
(También los hombres pueden prometer, porque en la promesa hay algo de inmortal).

Hasta aquí este breve comentario; sería descortés hacia su legado si me extendiera más.


SIMENON: EL LADO HUMANO DE LOS CRIMINALES

Los maestros del género policiaco nos tienen acostumbrados a tramas complejas, donde detectives de una extraordinaria inteligencia resuelven los casos a los que se enfrentan a través de agudísimas deducciones a partir de los detalles más pequeños. Suelen ser, por lo tanto, ejercicios intelectuales de gran sutileza, que desconciertan al lector para luego sorprenderlo con inesperados finales. Ejemplos típicos son las obras de Arthur Conan Doyle (creador de Sherlcok Holmes) y Agatha Christie.
Entre tanto para Georges Simenon (1903-1989), escritor de origen belga afincado en Francia, parece ser mucho más importante la dimensión psicológica de sus personajes. También él, como no, creó un gran detective: Maigret, comisario de la policía de París. Pero Maigret se nos presenta mucho más humano y comprensivo; no estamos frente a esa “soberbia capacidad intelectual” de la que hacen gala sus pares del género. Más que seguir una trama calculada meticulosamente, asistimos al drama que viven tanto víctimas como victimarios. El retrato que el autor hace de los personajes impresiona, porque impacta más la sensibilidad del lector que su inteligencia.
La gran virtud de Maigret es su intuición, que le permite asomarse a las profundidades del alma de los criminales para descubrir sus motivaciones. No se trata, pues, de un inspector duro (al estilo de los policías del cine norteamericano) ni de un investigador frío y racional, incapaces de conmoverse ante los hechos y las personas. No, Maigret vive y siente como cualquier ser humano e incluso con más intensidad que muchos; es un hombre ya viejo, casado con una mujer normal, sin excentricidades al estilo de Sherlock Holmes, ni el seductor encanto de James Bond.
Los criminales de Simenon tampoco tienen nada de extraordinario, aparte claro, de ser capaces de matar. Son, en cierta forma, víctimas ellos también de unas circunstancias que los empujan al crimen; no necesariamente porque “la sociedad” los haya obligado a ello, sino porque son individuos derrotados, hastiados y solitarios. Y el mundo moderno no perdona a los fracasados; quizás en el fondo, lo único que buscan los criminales de Maigret es ser aceptados o por lo menos obtener o preservar un lugar dentro del orden social, porque no se resignan a la marginación.
Simenon es uno de los escritores más leídos y prolíficos del siglo XX; escribió cerca de 500 novelas, muchas de las cuales han sido traducidas a 55 idiomas. De seguro, no todas son obras maestras, pero llama la atención que su fecundidad no choque con su calidad. El mismo García Márquez ha sido un gran lector de su obra y no ha ahorrado palabras elogiosas hacia él, de quien incluso reconoce alguna influencia.

ARTE

ACERCA DEL SIGNIFICADO

Las obras que tienen un significado muy obvio son de poco interés; de ahí que la pintura didáctica o moralista no suscite mucho entusiasmo entre los entendidos. Si una obra significa algo, creo que no debería ser tan evidente como para que se perciba con facilidad. Justamente, la riqueza de significados y la posibilidad de múltiples interpretaciones es lo que parece otorgar su carácter imperecedero a las obras maestras.

Por otro lado, pienso que tal significado no tiene por qué ser tan claro ni siquiera para el mismo artista; quizás el hecho de “querer decir algo” aunque uno no sepa exactamente qué, es lo que justifica el trabajo de un artista. A mi profesor de pintura le escuché alguna vez que “no es uno el que tiene que hablar acerca de la obra, sino que es la obra la que tiene que hablar de uno”.

Y si no es tan fácil para el mismo artista, ¿por qué habría de serlo para el espectador? Cuando alguien le pregunta al autor de una obra por el significado de esta, me da la sensación de que hay pereza por parte del interrogador; ¡debería tomarse el trabajo de averiguarlo por sí mismo!

Desde luego, no digo que la interpretación de la obra sea un problema exclusivo del público. Simplemente, pienso que debe existir algún tipo de cooperación: el artista propone algo, empleando los medios de los cuales dispone y el espectador trata de descifrar el mensaje. Pero como el artista mismo no está del todo seguro de lo que quiere decir, es posible que un observador inteligente y sensible descubra cosas que ¡ni el mismo artista habría sospechado!

Al fin y al cabo ¿qué importa si el público le atribuye a la obra significados diferentes a los que quiso darle su autor? Me parece que el error no es (solo) del público, sino del artista que fue incapaz de comunicarse. Y en todo caso, como dije antes, si una obra toma significados diversos, es como si de alguna manera tomara vida propia y escapara del control del artista; y está bien que así sea.

Si un artista no quiere correr el riesgo de ser “malinterpretado” es mejor que se dedique a la ciencia o la filosofía, cuyos escritos pretenden ser tan precisos que no dejen lugar a interpretaciones erróneas.

Todo esto, como habrá adivinado el lector avisado, sugiere que desconfío del “conceptualismo” en el arte. Durante todo el siglo XX se abusó tanto del componente conceptual del arte que incluso la obra misma en cuanto objeto material llegó a ser considerada como algo accesorio e incluso inútil en aras de una “supuesta profundidad”. De ahí el desprecio por la técnica y el empleo de materiales inadecuados, que en muchos casos han llevado a un deterioro inexorable de las obras. A muchos artistas pareció olvidárseles que una obra es ante todo un conjunto de sustancias físicas, que está sometido a la acción de los procesos naturales.

Por eso, presumo que esta disociación entre la idea y la ejecución ha llevado a muchos equívocos (cuando no al desastre). Llegó a perderse la unidad “dialéctica” entre forma y contenido para dar paso a un sinfín de especulaciones teorizantes a partir de esperpentos ridículos. Buen artista parece ser el que en un alarde de retórica puede disertar con arrogancia doctoral sobre sus obras, aunque estas no tengan sustento alguno, (o en su defecto, el que encuentra un crítico que le sirva de vocero).

Así que no me preocupo mucho porque mis obras signifiquen algo o no. De hecho, ¡algún significado tendrán! Pero no soy yo quien debe decirlo; por lo menos no con palabras, sino con imágenes. Si lo que intento transmitir pudiera ser traducido fielmente en palabras ¿para qué tomarse el trabajo de pintar un cuadro? ¿Por qué no decirlo directamente a través de un escrito o un discurso? Sé que esto puede acarrearme la acusación de ser superficial, pero parafraseando al maestro José Rodríguez Acevedo declaro que “soy pintor, no filósofo” (en realidad soy un poco filósofo, pues me gradué de filosofía y letras, pero cuando pinto trato de olvidarme de esto).

¿Cuál es entonces mi motivación para pintar? Yo diría que parto de pulsiones puramente emocionales; a pesar de mis obras podrían parecer frías y muy meditadas, lo cierto es que el tema surge de manera espontánea o quizás sea mejor decir, inconsciente. Trato, pues, de pintar la obra que responda a una necesidad emotiva o estética, sin pensar en una razón para ello (salvo cuando realizo trabajos por encargo o inicio una obra con la intención primaria de venderla, casos en los cuales procuro satisfacer el gusto del cliente). Ya en la ejecución busco poner en práctica todos mis conocimientos y habilidades para llevar a buen término la obra, lo cual implica un continuo aprendizaje y perfeccionamiento de los procedimientos y las técnicas, ya se refieran al dibujo, la aplicación de los pigmentos, la elección de los materiales, la composición, etc.

En resumen, creo firmemente que una obra de arte es más para sentirla que para entenderla.

LOS NIÑOS Y EL ARTE

Cuando pensamos en el título, cabe considerar dos puntos de vista: los niños como creadores y como público.

Con respecto al primero quisiera llamar la atención sobre un hecho ignorado, o por lo menos poco valorado: los niños realizan obras de verdadero valor estético. Esta observación no es simplemente fruto del orgullo de padres ante los trabajos de nuestros hijos; grandes artistas se han inspirado en la sensibilidad infantil para sus creaciones. Bastaría mencionar a Joan Miró, Paul Klee y hasta el mismo Picasso para confirmarlo. Y es que el arte infantil tiene entre otros méritos, el poder de la imaginación, de la autenticidad y de captar la esencia de las cosas, que los adultos solemos olvidar. Preocupados por la técnica, por lo conceptual e incluso por el mercadeo, los artistas profesionales corremos el riesgo de volvernos demasiado serios, de perder la noción del arte como juego y experimentación. Los niños entre tanto están descubriendo el mundo y se maravillan continuamente, y a través de sus obras no expresan tanto lo que “se ve realmente”, sino lo que entienden; su arte es más interpretación que representación.

Ahora bien, ¿qué pasa con ese enorme potencial de los niños cuando se hacen adultos? Desafortunadamente tiende a desaparecer, a atrofiarse y de ello son responsables casi absolutos los adultos. Tanto les imponen sus códigos valorativos, su estrecha visión del mundo, que terminan por castrarles la imaginación. Entonces, ya como adultos, esos niños creativos, curiosos y aventureros se convierten en un público perezoso y conformista, que no sólo desconfía del arte (sobre todo si no es estrictamente representativo), sino que lo considera con frecuencia un pasatiempo caro o un lujo, cuando no una pérdida de tiempo.

El artista verdadero, por su parte, sigue siendo un niño enfrascado en una permanente búsqueda, ávido de preguntas; de ahí que pueda establecerse un paralelo entre el niño y el artista. Se diría que son compinches y por lo tanto hablan el mismo lenguaje.

Otorguemos un gran favor a nuestros hijos: pongámoslos en contacto permanente con el arte, a través de exposiciones, conciertos, funciones teatrales, cine-arte, talleres sensoriales y buenas lecturas. Así quizás logremos, al menos en parte, defenderlos de los prejuicios y la frivolidad que imperan en la industria del entretenimiento. ¿Qué tal si empezamos por decorar con reproducciones de ARTE los salones y corredores de los colegios en vez de atiborrarlos con personajes del cómic y de la televisión?

LUIS ALBERTO ÁNGEL O LA BÚSQUEDA DE LA COMPLETUD

Decir que Luis Alberto Ángel es un gran dibujante es una afirmación tan obvia que no requiere argumentación alguna; basta ver sus obras para comprobarlo.

¿Qué podemos decir entonces, sin repetir de modo imperfecto lo que sus imágenes muestran de forma tan palmaria? Quizás sea sólo eso precisamente, que la fuerza de sus obras hace que sea trivial cualquier intento de análisis o de interpretación. A partir de este punto, lo que queda es pura especulación; la obra nos sugiere emociones y motivaciones sobre las que apenas podemos conjeturar.

¿A qué obedece, por ejemplo, la reiteración sobre el mismo tema? Y ante todo, ¿cuál es realmente el tema? Si nos atenemos a ciertas tradiciones que afirman la incompletud del ser humano, esto es a la separación en una mitad femenina y otra masculina que se buscan continuamente, la obra de Luis Alberto parece ilustrar (en el mejor de los sentidos) tal proceso. En efecto, cuando Luis Alberto dibuja, pinta o incluso recorta a sus mujeres, probablemente no haga otra cosa que buscarse a sí mismo, o más exactamente, buscar su otra mitad, su contraparte femenina. Esfuerzo vano, por demás, ya que se nos antoja imposible superar esa división que nos ha impuesto la naturaleza.

¿De qué hablamos entonces? Simple y llanamente, del amor. Pero no del amor al estilo de las tradiciones occidentales de trovadores y poetas, que parten de una dicotomía tajante entre el amor espiritual y el amor profano. Más bien, hablamos del amor que proponen filosofías orientales como el Tao, donde sexo y amor son básicamente la misma cosa. Si Luis Alberto dibuja desnudas a sus mujeres, a veces incluso en poses abiertamente provocativas (morbosas para algunos de pronto), no creo que estemos frente a un erotómano. Creo más bien que el artista sabe que en el fondo sólo la unión sexual nos acerca, al menos por unos segundos a la unidad, que logramos la fusión cuasi perfecta del masculino y femenino. El resto del tiempo ¡son tantas las cosas que nos separan, tantos los encuentros y los desencuentros!

Así que me atrevo a suponer que el trabajo artístico de Luis Alberto es una especie de prolongación, anticipación o sustitución de la unión sexual. Y este ejercicio mágico y lúdico le permite al artista incorporar todas sus ocurrencias, que por disparatadas y humorísticas que sean lo que revelan es la auténtica naturaleza del amor: paradoja y contradicción. La mujer, ser huidizo y fascinante, queda atrapada simbólicamente en las obras de Luis Alberto, como los artistas prehistóricos de Lascaux o Altamira anticipaban en sus trazos la caza del bisonte.

LA CIUDAD CON OTROS OJOS

Si algo distingue al artista de los demás es, por sobre todo, su capacidad para ver lo que otros no ven o, por lo menos, su habilidad para ver de otra manera. Las imágenes de Luis Alberto Ángel - hijo no tienen nada de extraordinario; y es justamente eso lo que las hace extraordinarias. Son imágenes de lo cotidiano, tomadas mientras va en el bus, mientras camina por la calle o cuando sale de rumba con los amigos. No son instantáneas largamente meditadas o preparadas; simplemente muestran la vida común y corriente de una metrópoli, con todas sus contradicciones, donde coexiste el más burdo utilitarismo con la poesía.

¿Quien no ha visto las imágenes que Luis Alberto nos muestra nuevamente? Pero, ¿Cuántos de nosotros las hemos “visto” realmente? Quizás necesitamos que alguien que ha sido capaz de mirar esas escenas con ojos de artista nos las presente para que empecemos a considerarlas. Y a reflexionar sobre ellas, sobre su significado y su trascendencia. Porque el agitado ritmo de la vida moderna parece habernos vacunado contra lo sencillo y lo elemental; acostumbrados a las emociones cada vez más fuertes del cine y la televisión, sólo lo novedoso, lo extravagante y lo truculento logran sacarnos de la monotonía de la rutina diaria.

Probablemente las fotografías de Luis Alberto, que se pasean con desfachatez entre lo anecdótico y lo poético, sean simplemente una oportunidad para replantearnos ciertas cosas que usualmente damos por sentadas. Para darnos cuenta, por ejemplo, de que en medio del drama del “rebusque” también hay belleza y no solo miseria y marginación; que un atardecer puede ser bello incluso en una ciudad polucionada y deshumanizada… o que hasta los objetos más comunes tienen algo que contarnos acerca del ser humano y de la forma en que se relaciona con su entorno y como lo altera… para bien o para mal.

Aunque la belleza que nos muestran las imágenes de Luis Alberto no siempre encaja en el concepto tradicional, sí podemos hablar de belleza a partir del estímulo intelectual que desencadenan, más allá de la simple sensación de agrado o repulsión. Por ello, debemos agradecerle a este joven fotógrafo por devolvernos aquellas cosas que se nos habían vuelto invisibles a fuerza de verlas todos los días.

AGUDELO GUNGARO

Los artistas se mueven entre dos tendencias fundamentales, que definen la historia del arte; estas pueden recibir diferentes nombres de acuerdo con el periodo histórico: clasicismo y arte helenístico en la antigüedad, renacimiento y barroco en los siglos XVI y XVII, neoclasicismo y romanticismo a comienzos del XIX, simbolismo (o impresionismo según se mire) y expresionismo a finales del mismo. Estas dos tendencias contrapuestas corresponden tanto a los principios que las rigen como al carácter de los artistas más representativos. Sin entrar en demasiados detalles historiográficos, podemos definir las primeras de estas como las que privilegian la razón, el trabajo detallado, la sujeción a ciertas normas y las segundas las que son todo pasión, expresividad, ruptura.

Si bien existen muchos matices entre estos extremos y sería en exceso simplista querer matricular a un artista en particular en alguna de ellas, estas categorías son útiles en cuanto a aproximación metodológica, para situar las propuestas de los creadores. Siguiendo esta línea de pensamiento, tendríamos que reconocer en la obra de Agudelo Gúngaro unos caracteres enmarcados dentro del romanticismo o el expresionismo. Y lo decimos por varias razones: en primer lugar porque Agudelo Gúngaro concentra sus esfuerzos en lograr obras de una gran intensidad emocional, dejando un poco de lado la minuciosidad y el acabado preciosista. Y en segundo lugar porque sus propuestas son decididamente experimentales. El artista no duda en aventurarse en terrenos poco explorados por el común de los artistas de la región.

En lo formal, sus cuadros y esculturas incluyen figuras estilizadas y en algunos casos deformadas. A Agudelo Gúngaro no le interesa mucho la fidelidad anatómica ni las proporciones; tampoco se preocupa demasiado por aplicar las normas tradicionales de la composición o el color. Ante todo, lo que busca es ofrecernos su visión del mundo de una manera descarnada; ya sean contornos fuertes, texturas o combinaciones de colores estridentes, los elementos de los cuales se vale adquieren una presencia propia, más allá de una intención representativa. Las distorsiones que emplea refuerzan la energía y crudeza de sus temáticas.

Sus obras se basan en problemas muy actuales: el más significativo, sin duda, es la violencia, con sus múltiples manifestaciones como el secuestro o el desplazamiento forzado… su sensibilidad de ser humano preocupado por la suerte de sus compatriotas corre pareja a su particular manera de enfrentar el hecho plástico; arte y vida confluyen de manera rotunda. Porque Agudelo Gúngaro es consciente de que ciertos hechos requieren un abordaje estético decidido y contundente.

Todo ello no le impide abordar también aspectos más amables de la vida, aunque siempre con un toque de poesía y fantasía. El proceso artístico de Agudelo Gungaro implica asomarse a una multitud de fenómenos vitales y artísticos, de los cuales obtiene la materia prima que transforma en obras atrevidas, buscando sin cesar enfoques novedosos e incluso irreverentes.